jueves, 11 de diciembre de 2008

Nuevo libro de La Resistencia

El último libro de La Resistencia me ha animado a volver al blog y, tras el consiguiente y necesario lavado de imagen, postear después de casi diez meses... ahí es nada. La ocasión lo merecía. Así que desde aquí contribuyo a la promoción de este libro, el segundo ya, y aporto mi granito de arena para lograr entre todos que de él resulte un éxito. En ello nos va mucho.

Mi participación en 'Nacionalistas y otros fantasmas', que así se llama el libro, consta de tres artículos: dos de ellos antiguos y otro escrito expresamente para esta edición titulado 'Estaciones infinitas'. Aquí cuelgo el vídeo promocional y el propio artículo, no sin antes agradecer a Persio y a Ed. El Satiricón el trabajo realizado.




Estaciones infinitas

"POCO o nada debieron suponer los intelectuales de la Renaixença que de aquel germen -junto a otras fiebres ancestrales- vendrían siglo y medio más tarde otras calenturas que, por más que se digan herederas de aquéllas, no tienen más enjundia que el clásico dogma de partido y sus propios intereses porcentuales, vicio inseparable de ésta y toda democracia.

Por ello, sería un error por nuestra parte atribuir a aquellos pensadores estos lodos que ni mucho ni poco se asemejan ni en las formas ni en el fondo a la elegancia de aquellos próceres. A los de hoy, sin embargo, sólo les queda aferrarse a la bandera de unos simples supuestos históricos que, calzados dentro de los aparatos de los partidos, no resistirían el más mínimo soplido.

Que nuestro dictador por antonomasia utilizara 'su' régimen como arma arrojadiza contra las lenguas menores que cohabitan en España junto al español, es entendido por los nacionalistas como una especie de patente de corso para reincidir en ese patrón pero de manera invertida, olvidando sin pudor que esos modos ahora resultan incompatibles con nuestro sistema constitucional.

Sin embargo, es la propia Constitución la que, haciéndose trampas a sí misma, ofrece la posibilidad a los políticos de retorcer o moldear las leyes a su imagen, dejando en simple entelequia el supuesto mito de lo que conocemos inocentemente como 'separación de Poderes'.

Precisamente el 'método vaselina' puesto en marcha por Maragall nos ha dejado un Estatuto de Autonomía enfrentado al espíritu de la Constitución sin que ninguno de sus Poderes ni Monarquía se estremezcan más allá de la pura y mera anécdota. De hecho, todavía hoy no existe una resolución por parte del Constitucional que ponga negro sobre blanco al respecto.

Por otra parte, cierto es que contemplar el nacionalismo catalán actual perdiendo del ojo la Renaixença o cualquiera de los otros episodios del pasado que alimentan el pasteleo de hoy, sería perder de vista el todo de la cosa, por lo que de nuevo caeríamos en el error crónico cometido por ancestros y modernos.

Desde la alocada e infantil declaración de independencia y la posterior vuelta al redil patrio del siglo XVII a nuestros días, Cataluña ha ido tropezando regularmente en los ingratos peldaños de la historia como si ello formara parte de su propio ser. Sin eso, y el victimismo necesario para salvaguardar su propio ego, sería imposible entender de manera plena la personalidad catalana, y aunque indudablemente Cataluña se encuentre en el extremo de la magnífica pluralidad española, no se reconocería ante el espejo una vez exenta del contexto español. Ni siquiera España se entendería sin las inquietudes catalanas.

Pero el erre que erre con la manipulación absoluta de la clase política actual arrastra a su vera a toda una población con el objetivo de alimentar sus conciencias a base de tesis de dudosa credibilidad, haciendo las funciones de incómodo corsé y aniquilando de un plumazo el carácter abierto y cosmopolita que históricamente ha caracterizado a la sociedad catalana incluso durante los años franquistas. La obsesión en sí mismos, junto a los prejuicios y odios viscerales que gota a gota han inoculado los políticos en la vena de las capas sociales, ha hecho que aquella sociedad se mueva más por intereses de partidos -o personales- que colectivos, todo lo contrario que en otros episodios de la historia que, sin embargo, sí que fueron movimientos de abajo hacia arriba, valga la redundancia... Hoy, sin embargo, es al contrario.

Quizás Cataluña, como en aquella historia del Savoy, resulte ser el cadáver del viajero que una y otra vez se pasa la parada de la estación..."