jueves 26 de abril de 2007

El post de oro

Seguro que te ha pasado. Seguro que de tus blogs favoritos y de los cientos de post que -a que sí- leerás al cabo de un mes, hay alguno de ellos de los que te habría gustado ser el padre o, como compensación, adoptarlo copy-pegándolo en tu blog con el pertinente permiso de su autor y citando la fuente de origen. Faltaría más.

Pues eso es lo que voy a hacer a partir de hoy. De todos los post que lea al cabo del mes voy a escoger uno -claro está, subjetivamente- a modo de indulto y lo voy a colgar en ésta, mi humilde bitácora. A esta nueva sección mensual la voy a llamar "El post de oro".

Inauguro la serie con un artículo de "diez" escrito por Luis Amézaga -DIENCÉFALO- titulado "El Cero" (19-4-2007). Disfrutadlo.

"ALGÚN esclarecido ha llegado al despacho con el carné del partido en la boca. Y en esas horas muertas donde el teléfono enmudece y los sudokus se enredan hasta hacerse impenetrables, ha tenido la genial idea de eliminar el cero como nota escolar. Antes había pensado en despejar el calendario librándonos del mes de Enero y de su cuesta, y es que al prócer, el año se le hace demasiado largo. Pero pensó que la medida de cargarse el cero tendría más aplausos entre la comunidad de estudiantes. Al fin, una autoridad se preocupaba de evitarles traumas innecesarios a los muchachos. Pensó en voz alta, gustándose, que si alguien es capaz de llegar al aula y sentarse en la silla a la hora predeterminada, ya demuestra una inteligencia espacio-temporal digna de mayor calificación que ese orondo y estéril rosco. Por eso propone que las notas vayan del 1 al 10. Políticamente correcto, aunque sea una bobada que provoca urticaria.

De inmediato he sentido nostalgia por aquellos círculos planetarios que abarcaban el centro de la hoja de examen, sobre todo con aquel profesor de física que se salía del programa para abordar temas que aún la ciencia no ha resuelto. El cero era entrañable, resultado de respuestas largas, imaginativas y elaboradas, que intentaban esconder la ignorancia sobre el asunto planteado. El cero era el cabreo del profesor expresado en forma geométrica, su desahogo ante el desaliento vocacional al comprobar la hornada impresentable de aquel año. Ahora ya no, se lo van a cargar por el bien común. Pero si admitimos que no existe la nulidad integral, tendremos que ser justos y reconocer que tampoco existe la perfección. Por eso propongo al encargado de asunto tan espinoso para el devenir de la salud psicopedagógica de nuestra juventud, que reduzca el ámbito de la puntuación escolar al baremo que va de 1 a 9.

Pero claro, se me suscita otra cuestión. Los números son grafismos. Lo importante es el valor simbólico que les concedemos. Entonces, dentro de poco tiempo, identificaremos el 1 con la nota más baja posible, con la torpeza supina, con el zote oficial, con el gandul de 4ºB, con el mastuerzo que todos llevamos dentro. Y entonces, el aburrimiento que es cosa mala, tendrá la tentación de eliminar el 1 y así indefinidamente hasta que la teoría del buenismo borreguil determine que puntuar es dañino, que sólo dios puede juzgar, y que el Estado debe dedicarse a educar para la ciudadanía con cariño.

La defunción del cero. Como nos temíamos, llevabas el germen de la nada encima. Los chavales más listos que el hambre, pero más vagos que el ideólogo anticero, solían llegar a casa y soltar la monserga que han oído en la tele: Verás mamá, pasa que, ya sabes, los niños superdotados suelen ser malos estudiantes, ¿no será que yo…? O aquella otra que también está muy en boga: Es que creo que soy hiperactivo y no me puedo concentrar en una sola cosa." (Fuente original)

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