¡Caiga quien caiga!

Yo, empecinado y cabezote, sigo erre que erre con esa murga que tanto fastidia al Gobierno, tan empeñado en ocultar pruebas y ansioso por pasar página. Yo -y espero que muchos como yo- exijo lo mismo que vengo exigiendo desde el mismo día en que saltaron por los aires 191 vidas: la verdad caiga quien caiga.
Por estos humildes lares hemos esgrimido argumentos otorgándole a esa verdad la categoría de imprescindible para el futuro de España; que sin ella nuestro país jamás podría mirarse al espejo sin sentir vergüenza. Hemos hablado de honor, dignidad y justicia, sin embargo, sin la verdad todas aquellas bonitas palabras quedarían en meros palabros: sería como intentar coger el agua. Sin la verdad, ni hay honor ni dignidad ni justicia.
Después de desgañitarnos gritando ¡caiga quien caiga!; y después de todo ese tiempo luchando y apoyando una teoría acusada por muchos de conspirativa, ha llegado el momento clave: el momento-cuña a raíz del cual pueden surgir las migas que nos lleven a esa verdad que, sin embargo, no sea ésa con la que han comercializado el Gobierno y sus revoloteadores perennes.
Por eso, no debemos conformarnos en el MAZP con las palabras de Díaz de Mera, no. Ha llegado el momento clave y debemos ser valientes y aferrarnos al caiga quien caiga. Las razones de Díaz de Mera son nobles y le honran. Pero, por el contrario, si no facilita sus fuentes, quedaríamos como un país deshonrado para siempre en donde ni siquiera sus habitantes se entenderían a sí mismos. España quedaría reducida a un inmenso nido de signos de interrogación: un desastre eterno que mancharía, todavía más, una de las páginas más negras de nuestra historia reciente. En definitiva, todo un esfuerzo baldío.
Si hemos llegado hasta aquí para esto... que se pare el carro que yo me bajo.
Etiquetas: Disidencias
El pasado jueves, he de reconocer que por casualidad, tropecé con Enfoque, un programa divulgativo que emite La 2 de TVE a eso de las once de la noche. Los caminos del zapping son impredecibles. Todo al alcance de la mano. Eso y la curiosidad innata de la condición humana hicieron el resto.

